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Cómo saber a qué parejas puedes (y a cuáles no puedes) tratar

Cuando una pareja con problemas entra en tu consulta, es normal querer ayudar. Pero uno de los aspectos más importantes de la responsabilidad clínica es saber cuándo no aceptar o dejar de atender a una pareja. Llegados a este punto, os invitamos, como terapeutas, a ir más allá de la técnica y valorar si las necesidades de la pareja entran realmente dentro de vuestro ámbito de actuación y, si no es así, cómo derivarlos de forma segura y ética.
Todo empieza con una evaluación clara y sincera de tu propio nivel de preparación. Pregúntate si tienes la formación y las herramientas necesarias para abordar los problemas específicos que una pareja te plantea. Por ejemplo, el trauma es increíblemente común, y si no tienes formación específica sobre trauma, es posible que se te pasen por alto dinámicas importantes que se esconden bajo la superficie. Lo mismo ocurre con las parejas que se enfrentan al consumo activo de sustancias, a trastornos de la personalidad, a ideas suicidas o a enfermedades mentales no tratadas. No se trata solo de problemas de pareja, sino de riesgos clínicos que requieren conocimientos especializados. Como terapeutas, hacemos un favor a nuestros clientes y a nosotros mismos cuando conocemos nuestros límites y derivamos a otros profesionales según corresponda.
Quizá la línea roja más clara sea la presencia de violencia de pareja. Antes de empezar cualquier terapia de pareja, te recomendamos hacer entrevistas individuales con cada uno de los miembros de la pareja para evaluar la seguridad. Si una de las personas expresa miedo, describe un comportamiento controlador o da a entender que no puede hablar con libertad delante de su pareja, hay que suspender la terapia. En estos casos, la terapia conjunta no es adecuada. No se trata de una falta de comunicación, sino de un problema de seguridad. El papel del terapeuta ya no es neutral, sino protector. Seguir con un enfoque «equilibrado» cuando hay abuso no solo no ayuda, sino que puede llegar a ser perjudicial.
En situaciones más complejas, como las infidelidades, las adicciones o los síntomas psiquiátricos graves, tienes que valorar si la terapia de pareja es siquiera viable en esta etapa. ¿Se ha revelado la infidelidad? ¿La adicción está activa o en fase de recuperación? ¿Alguno de los dos está desbordado por una enfermedad mental sin tratar que está dominando la dinámica de la relación? Si es así, puede que sea necesario que el tratamiento individual preceda (o se realice en paralelo) a cualquier trabajo con la pareja. A veces, la solución no es descartar la terapia por completo, sino reestructurarla para que se adapte a la situación actual de los clientes, de forma segura y realista.
La intuición de un terapeuta es una de las herramientas más poderosas que hay en la consulta, y una de las herramientas clínicas más reveladoras que tienes es tu propia respuesta emocional. Cuando te das cuenta de que te da miedo ir a las sesiones, te sientes impotente o confundido sobre lo que realmente pasa en la consulta, esas reacciones son importantes. Son datos. Puede que te estén diciendo que la terapia ya no es segura, productiva o que no se ajusta a tu formación.
Pero lo más importante es que derivar a una pareja no es señal de fracaso. Es una muestra de atención ética. Significa: «Entiendo por lo que estáis pasando y quiero asegurarme de que recibáis el tipo de apoyo que realmente os ayude». Los terapeutas deberíais dedicaros a crear una red sólida de derivaciones, como profesionales especializados en traumas, consejeros en adicciones, defensores de víctimas de violencia doméstica y profesionales con competencia cultural, para que, cuando veáis que algo se sale de vuestro ámbito de actuación, tengáis un lugar de confianza al que enviar a vuestros clientes.
Al fin y al cabo, saber a quién puedes tratar y a quién no no es solo una cuestión de gestión de riesgos. Es una cuestión de respeto. Se trata de reconocer la complejidad de la vida de las parejas, proteger su seguridad y mantener tu integridad como profesional. Nuestro objetivo no es salvar todas las relaciones, sino ofrecer una ayuda significativa a aquellas parejas a las que estamos capacitados para atender.
Y a veces, lo más terapéutico que podemos hacer es orientar a alguien con empatía hacia el camino correcto.
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